Hasta el siglo XVIII, la población europea creció lentamente. Aunque la natalidad era muy elevada, la mortalidad también era muy alta, como consecuencia de las enfermedades infecciosas y de las hambrunas.
A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la natalidad se mantuvo alta pero la mortalidad descendió mucho. Comenzaron a remitir las epidemias de peste bubónica que habían asolado Europa anteriormente y aparecieron las primeras vacunas, como la de la viruela.
La consecuencia fue que la población comenzó a crecer a un ritmo rápido, fenómeno
que conocemos como revolución demográfica.
Este aumento demográfico constituyo un importante factor en el progreso económico de Europa. Como una reacción en cadena, un mayor numero de personas demandaba un mayor numero de productos, es decir, hubo un aumento del consumo. Se hizo necesario entonces el desarrollo de la técnica para generar una oferta masiva de bienes.
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